sábado, 20 de diciembre de 2014

La nariz de Tommy ( Un relato navideño )












El árbol navideño y el Nacimiento ya estaban instalados. El luminoso "arbolito", pues fue uno de los más pequeños que encontraron en la tienda, colmaba las ilusiones de los niños. Papá lo había sobrecargado de lucecitas, aparte de las bolitas de siempre. El Nacimiento les hacía retornar a sus lejanas infancias a mamá y a la abuelita. Papá no recordaba Nacimientos en su casa porque se había criado en Inglaterra. Mister Preston era de Liverpool.
Ese día nevó en San José de Higueruelas.
Dijo papá:
- Nos falta algo muy importante que hacer!
"Y que podrá ser?", pensaron todos.
Papá dejó correr unos segundos de suspense, mirándoles con cara de pillo, y después corrió las cortinas del salón.
- Lo veis?, la nieve ya ha cuajado y yo diría que tiene el suficiente espesor para que podamos hacer un buen muñeco de nieve, un "snowman" como lo llamamos en mi tierra.
- Sí, sí, sí!
Exclamaron alborozados los niños, dando brincos por el salon. Pero mamá y la abuelita estaban horrorizadas.
- Oh, John, afuera hace un frío tremendo!
Dijo su esposa, Doña Carmen. Sin embargo, Mister Preston no estaba dispuesto a perder el liderazgo familiar.
- Y para eso nos hemos pasado toda la semana comprandos prendas de abrigo, gorros y botas de agua?
No hace falta decir que Mister Preston convenció a su esposa y a la abuelita, que por algo esta historia trata de un muñeco de nieve, un hermoso muñeco que además terminó llamándose Tommy, como veremos enseguida. ( También trata de una pareja de enamorados y también lo veremos más adelante )
Abrigadísimos salieron al jardín, que ahora semejaba un campo nevado de la Rusia invernal, y concienzudamente siguieron las indicaciones de papá John hasta que la figura imponente y sonriente del níveo muñeco se irguió sobre la nieve, la nieve de la cual acababa de nacer y que tan oportuna había sido aquel año, pues no todas las Navidades nevaba en San José de Higueruelas.
La abuelita, que aunque era más de Nacimiento que "de estas cosas del extranjero", también tenía formada su opinion sobre los muñecos de nieve porque veía mucha television, y les sorprendió a todos muy gratamente trayendo de la cocina una lozana zanahoria.
- Es la nariz! - dijo Doña Rosa muy animada.
- Perfecto! - dio su aprobación Don John - Es el único detalle que nos faltaba.
Un enorme sombrero de copa, una kilométrica bufanda roja, una escoba y varios detalles más completaban la caracterización del "snowman", y posando junto a él se hicieron unas cuantas fotos de "familia con snowman"
Enriquetilla, Teresita y Andresín estaban la mar de contentos. Y dijo Enriquetilla:
- Pero no le hemos puesto un nombre!
- Anda, pues es verdad! Papá, el muñeco no tiene nombre! - gritó Teresita mirando a su papá con una mirada tan dramática que más parecía decir: "Papá, nos están atacando los extraterrestres!"
Pero, cuando iba a hablar papá, se adelantó Andresín: "Ya sé, lo llamaremos Tommy, como al tío Tommy"
- Y eso por qué? - inquirió Mister Preston, aunque se lo suponía.
- Porque sonríe y es gordinflas como el tío Tommy.
- Jajajaja!... - Rieron los niños y hasta rieron mamá y la abuelita, y nadie llamó la atención a nadie porque el propio tío Tommy, hermano de Mister Preston, hacía chanzas de su gordura, era un buen humorista.
Y con Tommy se quedó.
Durante la cena sonaron villancicos y el gato Calimero se escondió en una habitación porque era excesivo el bullicio para él.
- Mamá, tengo un montonazo de ganas de que llegue la cena de Noche Buena para comer muchas cosas ricas. - dijo Teresita mirando a mamá con sus ojos de brujilla.
- Bueno, de momento cómete la tortilla francesa de hoy porque la cena de las cosas ricas es pasado mañana.
Enriquetilla se asomó a la ventana del salón y miró a su padre y al muñeco Tommy. Mister Preston fumaba un puro pequeño mientras paseaba por la nieve, pues en aquella casa estaba tan prohibido el tabaco como en cualquier establecimiento público. Entonces le llamó mucho la atención que su hija Enriquetilla le hiciese gestos desde la ventana del salón, pero unos gestos que mostraban a una Enriquetilla desesperada. Nunca la había visto tan nerviosa como esta vez y no entendía nada de lo que la chiquilla intentaba decirle. Simplemente advirtió que señalaba al muñeco, o le pareció que señalaba al muñeco. Tiró a la nieve lo que le quedaba del puro y entró en la casa.
- Se puede saber qué te pasa?
- Papá, pero no te has dado cuenta?!... Han robado la nariz de Tommy!
Enseguida se revolucionó la familia. Tras una exploración del terreno, por si el falso apéndice nasal se hubiese desprendido de su sitio, cosa nada probable pero en algo había que pensar, surgieron las conjeturas de rigor.
- Qué tipo de sinvergüenza puede dedicarse a robar hortalizas? - preguntó en voz alta Doña Carmen, pero con cara de preguntárselo a si misma, un poco mirando al techo y otro poco recogiendo unos cubiertos de la mesa en la que acababan de cenar.
- Abuelita, abuelita! - dijo Teresita tirando de la falda de la abuela Rosa - el ladrón puede ser alguien que tiene mucho hambre y por eso nos ha robado la nariz, digo la zanahoria?, hay gente que pasa hambre en San José?
- Hubo un tiempo en que sí, Teresita, pero hoy en día... - la abuelita se quedó muy pensativa- quién sabe!... - acababa de acordarse del grupo de personas que vivían en unas casuchas muy antiguas al otro lado del río Higueruelas.


Felipillo sólo tenía 9 años y vivía con su abuela Sagrario al otro lado del río. La anciana era ciega y cobraba una ridícula ayuda social. Su malvado casero le chupaba la paga y mucho más. Felipillo iba a la escuela porque "quería ganar mucho dinero cuando fuese mayor" Al salir de la escuela recogía algunos dinerillos y alimentos que le daban los vecinos caritativos, unos pocos que se apiadaban de la abuela y el nieto, aunque nunca podia ser gran cosa porque los vecinos de las casuchas también eran pobres.
Ese día Felipillo entregó a su abuela una barra de pan, medio kilo de garbanzos, una cebolla pequeña y una lozana zanahoria, además de cinco euros en monedas pequeñas.
- Anda, una zanahoria!, es la primera vez que nos dan una zanahoria, y bien hermosa que parece! - dijo Doña Sagrario acariciando con sus manos la bienvenida hortaliza. - Con otras legumbres que nos quedan puedo preparar para mañana un exquisito potaje de verduras. Hmmm... esta zanahoria es grande, bien grande, nos puede cundir mucho. Quién te la ha dado, Felipillo? - El silencio de Felipillo alertó a su abuela, pues el crío no sabía mentir. - No la habrás robado, verdad?... Ay, Felipillo, eso está muy feo, puedes terminar en la cárcel!
No sabía mentir, pero sabía pensar:
- Abuelita, tú siempre dices que no se debe jugar con las cosas de comer, pues yo le he quitado la zanahoria a la gente de un chalet que estaba jugando con ella. No será mejor que nos la comamos nosotros.
Doña Sagrario sabía educar a su nieto, y por eso mismo no supo qué contestar.

Don John y Doña Carmen, junto con Teresita y Andresín, veían en la tele una película del Papa Noel, ( "Santa Claus" para Don John ) un orondo y coloradote Papa Noel que entraba en un barrio chabolista y hacía felices con sus regalos a todos los niños.
La abuela Rosa y Enriquetilla se habían adelantado a Doña Carmen en los preparativos de la cena de Noche Buena, para la cual aún faltaban dos días. Ambas, ante la mesa de la cocina, cascaban nueces y organizaban platitos con polvorones, mazapanes, higos pasos y trozitos de turrón.
- A mi me da pena que haya tanta gente pasando hambre, abuelita. No es justo, verdad?
- No, no lo es.
- Y hay niños que se mueren de hambre, verdad?
- Sí, los hay. Es muy triste y no debería suceder, pero... Sabes una cosa, Enriquetilla?, mañana nos vamos a ir las dos, con unas bolsas llenas de comida, al poblado del otro lado del río, qué te parece?
- Fenomenal, abuelita!
- Tenemos que hacerles felices, muy felices, y a los niños les regalaremos juguetes y dulces!
- Preparar muchas bolsas, - dijo Mister John entrando en ese momento en la cocina - yo pongo el coche y el dinero para comprar los juguetes. Que sean juguetes nuevos, caray!
- Gracias, gracias, gracias, papa! - gritó Enriquetilla dejándose caer en brazos de su papa. Y a la abuelita Rosa se le escaparon unas lágrimas.

Felipillo y su abuelita se acomodaron en el viejo sofa, un sofá que un día descubrió el niño junto a un portal. Lo habían dejado allí para que se lo llevase el servicio de recogida de muebles, pero un vecino solidario lo cargo en su furgoneta y lo transportó hasta la casa de la anciana y su nieto.
Se sirvieron sendos colacaos con galletas y enchufaron la tele, una tele que les había regalado hace años la parroquia. Vieron una película española de los años sesenta. Era del tipo de películas preferidas por Doña Sagrario. No podia ver las películas pero las recordaba muy bien, pues no siempre fue una mujer invidente, y seguía disfrutando con los diálogos.
- Te das cuenta de lo gracioso que era Toni Leblanc de joven?
Pero la mente de Felipillo estaba en otro mundo.
- Abuelita, tú crees que vendrán este año a nuestra casa el Papa Noel y los Reyes Magos?
- Quién sabe, mi vida, quién sabe!... A veces también suceden Milagros.

Enriquetilla se convirtió en Enriqueta, una chica estilizada de hermosos ojos castaños que transmitían mucha dulzura. Estudiaba para trabajadora social en la Universidad de Salford. Enriqueta Preston Velasco salía "informalmente" con un chico español que estudiaba lo mismo que ella. Su sueño romántico de ligar con un chico inglés no se había cumplido.
Esa tarde de sábado, Enriqueta y su noviete se sentaron en una terraza de Market Street y pidieron unas cocacaolas. Comenzaron hablando un poco de los estudios y de "lo raros que son los ingleses", y luego la conversación derivó en anécdotas de las infancias de ambos. Y entonces Enriqueta contó la anécdota de "la nariz de Tommy", de aquella nariz que alguien le robó a un muñeco de nieve que su familia y ella habían hecho en su jardín. Y le habló de su conversación en la cocina con la abuela Rosa y de cómo había surgido la idea de llevarles juguetes y alimentos a los habitantes de las casas pobres.
- Y mi padre se disfrazó de Papa Noel, no veas tú que Papa Noel más alucinante, jajajaja!... no sé cómo los niños pudieron creerse que era el Papa Noel, jajajaja!...
De pronto se percató Enriqueta de que su novio la estaba mirando de una manera muy especial, como si no la viese, como si a través de ella mirase a otro mundo. Y así era. El dolor de muchas noches por no poder cenar dignamente, mezclado con la alegría de una noche de juguetes nuevos con el Papa Noel, revivieron en estos momentos en la mente de un joven que ya hacía mucho tiempo que había sustituido su sueño de niño, "ganar mucho dinero", por otro más noble, "ayudar a mucha gente a ser feliz"
- Qué te pasa, Felipe?... Por qué me miras así?
- Enri... Yo soy el niño que os robó la zanahoria aquella noche, el mismo que se creyó que tu padre era el Papa Noel, a pesar de que ya tenía 9 años.
Era ahora Enriqueta la que escuchaba asombrada las palabras de Felipe.
- Y sabes por qué me lo creí?, pues porque quería creer que era posible salir de aquella vida de miseria. La noche anterior mi abuela Sagrario me había dicho que a veces también suceden milagros. A lo mejor aquel mismo Papa Noel, el Papa Noel de mis sueños encarnado por tu padre, hizo el milagro de conseguirme una buena familia de adopción tras la muerte de mi abuela, y también el milagro de conocer a una chica tan maravillosa como tú.
Se hizo un largo silencio durante el cual no dejaron de mirarse, hasta que Enriqueta arrastró su silla para levantarse. Rodeó la mesa e invitó a Felipe con la mirada a que se levantase. Seguidamente se fundieron en un largo abrazo y se besaron con sus primeros besos de amor.
- Te quiero, Felipe.
- Yo a ti también, Enriqueta.
Por la calle pasaba un Papa Noel que se les quedó mirando.
- Chssss!... Chssss...!
Ambos giraron la cabeza y el Papa Noel exclamó:
- Felicidades, pareja!... Viva el amor!
Y ambos vieron entre la barba blanca y el gorro rojo el rostro bonachón de Mister John Preston. También lo vio desde el Cielo la abuelita Sagrario: "Ele, este es el Papa Noel de mi Felipillo!"
Y aquí termina, queridísimos lectores, "La nariz de Tommy" Espero haberles enternecido un poquito, jeje!

A mis amigas Teresa Coscojuela y Enriqueta Jiménez Herrera como regalo de Navidad. 



3 comentarios:

  1. ¿Enternecer? ¡Ya lo creo! Es un relato estupendo, de los que me gustan. ¡Muchas gracias!
    Tiene usted un corazón de oro que sus múltiples "gamberraditas" (sí, entre comillas, porque es por llamarlo de alguna forma) no pueden ocultar.

    Un beso grande, querido amigo.

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